Durante milenios, la cerveza fue alimento, “moneda”, motor tecnológico y punto de encuentro. Un recorrido por algunos de los momentos en los que esta bebida estuvo más cerca del corazón de la civilización.
Un líquido seguro en un mundo sin agua potable
A lo largo de miles de años, la cerveza fue mucho más que una bebida asociada al ocio. Rica en calorías, relativamente estable y más segura que muchas fuentes de agua en ciertos contextos, se convirtió en un recurso cotidiano para comunidades enteras.
En la Antigüedad, esa utilidad práctica pudo ser decisiva incluso en proyectos colosales. En el Antiguo Egipto, por ejemplo, la cerveza formaba parte de la dieta y de la organización del trabajo: no como lujo, sino como aporte de energía y rutina compartida.
De la fermentación a la medicina moderna
El impacto cultural de la cerveza se cruza también con la historia de la ciencia. Estudiar la fermentación ayudó a entender el papel de los microorganismos y abrió caminos que, con el tiempo, inspiraron avances fundamentales en higiene y salud pública.
Hoy, incluso uno de los ingredientes clave de la cerveza, la levadura, sigue siendo una herramienta habitual en investigación: un modelo biológico útil para entender procesos celulares complejos.
Del alimento diario al ritual social
Con la industrialización, la cerveza dejó de ser parte central de la dieta para convertirse, cada vez más, en un producto ligado al tiempo libre. Y aun así, conservó una función potente: crear comunidad. Pubs, tabernas y cervecerías han sido lugares de encuentro, conversación y vida social durante generaciones.
Créditos y fuente original
Este artículo es una reinterpretación y adaptación editorial (no es una copia) a partir de un reportaje publicado en El Mundo sobre el libro El sentido de la birra, de Jonny Garrett: https://www.elmundo.es/papel/2026/01/18/695a5eaee85ece392d8b457e.html